Es una verdad universalmente reconocida que una persona soltera que posea una gran abundancia material debe hallarse en busca de compañía. Sin importar lo que uno entienda de la sociedad, y pese a todos los agravios personales al respecto, las cosas son así, sencillamente. Elsbeth lo sabía y, aun así, se consideraba bastante más práctica que el miembro promedio de la sociedad, melindroso y más bien vulgar. Después de todo, poseía una mente sumamente aguda y se creía, por tanto, poco adecuada para el matrimonio. Todo aquel asunto le parecía de lo más desagradable para su temperamento y su excepcional sentido de la independencia, la verdad. Aunque su padre estaba de acuerdo, por supuesto, la señora Warwick, su madre, estaba total y absolutamente hipnotizada por la idea. Y de forma trágica, a opinión de Elsbeth, pues consideraba que la relación entre sus padres era bastante tensa, sin duda debido a esta tediosa pero fundamental incompatibilidad.
La lluvia caía a raudales sobre el rostro suplicante de lady Pemberbrook mientras contemplaba a Elsbeth con los ojos muy abiertos. Aunque no parecía más una dama que la propia Elsbeth, con el vestido empapado y embarrado, no se podía negar la magnificencia que revelaba la tela ceñida de su camisa. Parecía totalmente incapaz de sentirse superior a nadie, y mucho menos a Elsbeth. No resultaba probable que hiciera ningún comentario al respecto. "Estás por debajo de mí en cuanto a clase social, y admitirlo resulta evidente, pero debo confesar mi completa y absoluta obsesión por ti. No había previsto resignarme jamás a la vida de esposa y, sin embargo, debo reconocer que últimamente me he sorprendido anhelándola". "¿Y ahora tengo que proclamar lo ardiente y plenamente que comparto tus sentimientos? ¿Ante ti, que has dejado tan claro tu absoluto desdén y tu pesar tanto por mi familia como por mi carácter? ¡Prefiero resignarme a la soltería, al diablo con la fortuna, antes que admitir que amo a una mujer como tú!". "Seguro que no serás tan desagradecida, ¿verdad?".
Fue un baile notablemente tranquilo, para lo que suelen ser los bailes, sobre todo aquellos a los que asistía la familia de Elsbeth. Había un montón de niños y, sin embargo, ni una pizca de sentido común entre ellos, salvo, por supuesto, en el caso de Elsbeth y su hermano menor. Parecía que ni siquiera el sacramento del matrimonio había logrado resolver esa situación para sus primos mayores, por lo que ella tenía pocas esperanzas para el resto de ellos. A su juicio, a ninguno le había ido realmente bien, pero tal vez su indecisión sin límites demostrara que ella era mucho más sensata y mucho más feliz. A pesar de todas las atenciones de su madre, Elsbeth no podía detectar ni un atisbo de amor entre ellos; nada, desde luego, que se pudiera comparar con sus propios sentimientos. "Es la víspera de nuestra propia boda y, sin embargo, tu mente parece tan lejos de la mía como siempre". "Solo estoy pensando en si tu incesante amargura volverá y qué haré en caso de que así sea". "Ojalá pudiera, lady Pemberbrook. Por desgracia para usted, últimamente me encuentro de un humor de lo más favorable. El amor hace maravillas, supongo".